Después de un año desaparecida creo que ya era hora de dar señales de vida. En este año desde la última vez que escribí han pasado muchas cosas. No me va a llegar con un solo post para contarlo todo. Empezaré por el principio.
Unos meses antesde escribir este post, hubo una reestructuración importante en la empresa donde trabajaba, al ser comprada por otra empresa más grande y se hicieron cambios. Algunas personas, en función de su perfil y productividad, fueron despedidas. Una de ellas, por ejemplo, fue una de las arpías de las que hablo en este post (chica A, concretamente). No me alegré por su desgracia, pero me satisfizo saber que el karma había hecho su trabajo.
Yo tuve la suerte de conservar mi empleo. No obstante, el sueldo seguía siendo bajo, así que me aguanté unos meses más, me dediqué a buscar de manera intensiva y al final encontré otro trabajo, similar, pero mucho mejor pagado. Ya estaba quemada de la antigua empresa, así que no me supuso muchas dudas irme, arriesgué y me cambié.
Fue liberador cambiar de ambiente y de condiciones. Me libré de las víboras ponzoñosas que dejé en la antigua empresa, y conocí a gente muy simpática en mi nuevo puesto. Por una vez me sentí valorada y sentí que mi trabajo me llenaba y tenía sentido. Los primeros meses de contrato estuve ahorrando dinero, aprovechando que ganaba más, y cuando me hicieron fija pude cumplir mi sueño de irme a vivir sola, aunque por aquel entonces compartía piso con dos chicas muy majas y de convivencia bastante fácil, pero estaba harta de la falta de libertad que supone compartir piso.
Encontré un apartamento pequeñito a través del amigo de un compañero de trabajo, que se iba a Estados Unidos a trabajar y lo dejaba libre. Tengo unos dulces recuerdos de aquella época, de salir del trabajo disparada a las tiendas de decoración para comprar cositas para el piso, de organizar la primera cena con amigos, etc. Me sentía realmente feliz, y entonces conocí a David.
Me apunté a un gimnasio que quedaba cerca de mi nueva casa, y comencé a ir a las clases de Body Pump. Ahí coincidía siempre con un chico muy simpático que siempre saludaba y con el que hablaba un montón. Le llamaremos “David” a partir de ahora. Era un chico físicamente normal, tirando a guapillo, pero tenía algo mucho más poderoso y que aún no sé definir que hacía que cayeras como una mosca. Aún no sé si era labia, magnetismo, energía, o su afición de tocar el bajo, que es un instrumento que me encanta...no lo sé, pero cuando me quise dar cuenta me había empezado a gustar muchísimo.
Cuando le conocí supuestamente tenía novia, y por eso me mantuve a un lado, pero un día hablando de nuestras cosas me contó que lo habían dejado, así que, después de esperar un tiempo prudencial, decidí lanzarme de cabeza y comenzar a coquetear con él para tantear el terreno. Para mi sorpresa, él respondía a mis avances, así que reuní la valentía suficiente para invitarle un día a tomar algo al salir del gym. Pero su respuesta no fue la que yo la esperaba. Me dio la impresión de que se hacía el loco, ya que le cambió la cara y empezó a excusarse diciendo que no podía, que estaba muy liado con no sé qué cosas, así que, confundida, me di cuenta de que igual me había equivocado y le dije:
-Bueno, no pasa nada, era solo por si te apetecía tomar una birrita, para otra vez queda.
Me quedé bastante decepcionada, pero traté de no darle más importancia y seguir hacia adelante. Llevo toda mi vida siendo rechazada por los chicos que me gustan, así que ya tenía algo de callo para sobrellevarlo.
Durante las siguientes semanas me lo seguía encontrando en el gimnasio, le trataba con la misma familiaridad del principio, de antes de empezar a tirarle los trastos, aunque ya no le daba la misma atención, pues aún sentía un poco de vergüenza después de que me diera calabazas. Entonces fue cuando él cambió su actitud y comenzó a coquetear conmigo de una forma muy descarada. No me paré a preguntar el porqué, pero le seguí el juego. Empezamos a tontear de manera muy intensa, sobre todo a través de Whatsapp.
Fue todo muy intenso, de la noche a la mañana empecé a vivir en un estado de emoción constante, estaba más hiperactiva que nunca, hacía montones de cosas, salía muchísimo, me volví coqueta, me compraba ropa, maquillaje, etc. Y todo en gran parte por él (mi nuevo piso y el trabajo tenían mucho que ver, también).Cada vez que recibía un mensaje suyo me entraba la risa tonta y me ponía en tal estado de agitación que no era capaz ni de concentrarme en el trabajo. Un día me propuso quedar en su piso, y fui, emocionada como nunca. Allí cenamos, hablamos, bebimos vino, nos acercamos, una cosa llevó a la otra y finalmente sucedió lo que yo llevaba semanas deseando.
El sexo, a decir verdad, fue regulero (bastante), pero después de aquello volví a casa como en una nube, recuerdo que literalmente apenas sentía el suelo bajo de mis pies, me sentía como si fuera flotando. Iba en tal estado de euforia y ensoñación que llegué a casa sin darme cuenta.
Para mi desgracia fue ahí cuando me enganché a David y comenzó mi obsesión con él. Tenía su nombre en mi cabeza cuando me levantaba y era lo último en lo que pensaba cuando me iba a dormir. Empecé a darles la tabarra a mis amigas con “David esto, David lo otro”. Los días después de nuestro primer encuentro estuve haciéndome la “cool”, le escribía muy poco y cuando nos veíamos me hacía la indiferente, pues tenía miedo de que se diera cuenta de lo que sentía por él y huyera despavorido. Seguimos teniendo nuestros encuentros fugaces, unas veces en mi casa, otras en la suya. Me intentaba convencer a mí misma de que era solo sexo casual entre dos personas que se atraían mucho físicamente, pero un día me cansé de mentirme a mí misma y seguir jugando a ese juego. Decidí que era sencillamente ridículo fingir cosas que no eran y hacerme a una situación con la que claramente no estaba cómoda. Así que un día le enfrenté y fui muy clara con él: le dije que él a mí me gustaba y que necesitaba saber a dónde nos estaba llevando ese juego. Su respuesta, aunque no me sorprendiera, me dejó helada.
(continuará...)