Hola de nuevo. En mi último post os
dejé a medias porque la vida se me complicó mucho en este tiempo.
De hecho, las cosas ya iban mal hace un año, pero traté de hacer
terapia regresando al blog y fracasé estrepitosamente.
En estos dos últimos años me ha
pasado todo: me he enganchado a alguien que no me quería, luego me
he metido en una relación para olvidarme de esta persona, esta
relación ha terminado siendo altamente tóxica, he perdido a alguien
querido (y casi pierdo a otro) y he pasado por una depresión. Toqué
muy al fondo, pero mis ganas de sobrevivir han sido superiores y
ahora puedo decir que tengo la cabeza fuera, aunque a veces me da
miedo que algo me tire del pie y me vuelva a sumergir.
Pero al menos vuelvo a vivir, a
encontrarle un sentido a la vida y a luchar día a día por hacer mis
días en este planeta mejores.
Me he ido de la City. La ciudad me
traía demasiados malos recuerdos, demasiada gente que me ha hecho
daño y la soledad me estaba royendo por dentro como un cáncer. Era
imprescindible irme de ahí si quería curarme, así que me pedí una
excedencia, hice mis maletas y volví a casa. La excedencia es un
consuelo ridículo porque sé que no quiero y no pienso volver.
La misma ciudad de la que escapé hace
unos años porque me asfixiaba se ha convertido hoy en mi refugio
seguro, me hace sentir bien ver caras conocidas, salir a la calle y
conocer a las personas, que me saluden en el supermercado, etc…en
general sentir que no soy una persona anónima más e irrelevante
para el resto de seres humanos que me cruzo por la calle. Aquí me
siento protegida, reconocida y querida.
Hay capítulos de los que me cuesta aún
hablar, pero con otros me apetece desahogarme. Trataré de continuar
lo que dejé a medias hace un año, sobre David, el chico por el cual
me volví loca, pero que nunca me quiso lo más mínimo.
Como decía en el post anterior, cuando
me cansé de los juegos de David, le planté cara, le dije que él a
mí me gustaba y que necesitaba que me dijera a donde nos estaba
llevando esta situación. Su respuesta fue clara:
-Me pareces una tía de puta madre,
pero yo ahora mismo acabo de salir de una relación y no me apetece
meterme en otra.
Asentí, le dije que sí, que lo
entendía, y no dije nada más. Si siguiera mis propios consejos
sobre el asunto, lo más sensato habría sido huir y tratar de olvidarme de
él, ya que estaba más que claro que él no sentía nada por mí ni
quería nada serio, pero fue algo más fuerte que yo misma. Por más
que me autorepitiera “no le gustas, no le gustas”, no conseguía
sacármelo de la cabeza y seguía quedando con él. Era como si
estuviera enganchada a una droga que deseaba a cada rato aunque sabía
perfectamente que me haría daño.
Estuve a punto de desengancharme en una
ocasión en que él se portó fatal conmigo. Habíamos quedado para
ir al cine, en plan “amigos”. Fui al cine quince minutos antes de
que comenzara la película. Le escribí preguntándole si quería que
pillase yo las entradas mientras llegaba él. Ninguna respuesta. Le
llamaba y tenía el móvil apagado. Pasó la hora de comienzo de la
película y él seguía sin aparecer ni dar señales de vida. Me fui
a casa, lloré de la humillación como una hora seguida, y como dos
horas después recibí un Whatsapp suyo diciéndome que lo sentía,
que “se había liado” por ahí con unos colegas y se había
quedado sin batería y no me había podido avisar antes. No le
contesté, me limité a bloquear su número y borrarlo de mi agenda,
y lo mismo en Facebook. Tenía que borrar a esa persona de mi vida.
Pasé como cuatro meses sin saber de
él. Hasta me cambié el horario del gimnasio para no cruzármelo (él
jamás iba por las mañanas), pero seguía teniéndolo en mi cabeza,
como una enfermedad. Pensé que se me pasaría, pero cuatro meses
después nos encontramos por casualidad cuando yo salía de clase de
spinning a las 8 de la mañana. Me puse nerviosa e intenté hacer
como que no le había visto, pero él fue más rápido y se me acercó
a hablar, así que no pude esquivarlo. Se puso a hablar conmigo como
si nos hubiéramos visto el día anterior.
-Ya quedaremos un día de estos, ¿no?-
me dijo, y me limité a asentir con cada de “ya…”.
Esa misma noche
trató de escribirme a través de Facebook y solo entonces se dio
cuenta de que le había borrado, así que me escribió un mensaje
preguntándome, “extrañado” porque tampoco me entraban los
Whatsapp que me enviaba.
-¿En serio te preguntas por qué lo
hice?- le pregunté.
-No tengo ni idea, en serio- me
contestó- ¿Te he hecho algo?
- ¿Es que no recuerdas la última vez
que hablamos? - le contesté sin poderme creer que me estuviese
tomando por tonta.
-No me acuerdo…
-¿Que no te acuerdas?
-No…
-Pues déjame refrescarte la memoria.
La última vez que hablamos fue el día que habíamos quedado para ir
al cine y me dejaste tirada, ¿te acuerdas ahora?
-Ah…¿fue eso?
-Sí
-Joder, ¿y por eso me borraste? No lo
hice aposta…
-A lo mejor no. O a lo mejor
sencillamente te la sudaba.
-Que no, hombre, que no te lo tomes
así. Me quedé sin batería y solo te pude responder cuando llegué
a casa, no fue a propósito.
-Pues ni puta gracia me hizo a mí.
-Joder tía, lo siento, no sabía que
te fuera a sentar tan mal. Perdona, de verdad.
Y ahí dejé la conversación porque
estaba comenzando a ablandarme y no quería volver a caer.
(CONTINUARÁ)