viernes, 24 de noviembre de 2017

Regreso (de nuevo)

Hola de nuevo. En mi último post os dejé a medias porque la vida se me complicó mucho en este tiempo. De hecho, las cosas ya iban mal hace un año, pero traté de hacer terapia regresando al blog y fracasé estrepitosamente.
En estos dos últimos años me ha pasado todo: me he enganchado a alguien que no me quería, luego me he metido en una relación para olvidarme de esta persona, esta relación ha terminado siendo altamente tóxica, he perdido a alguien querido (y casi pierdo a otro) y he pasado por una depresión. Toqué muy al fondo, pero mis ganas de sobrevivir han sido superiores y ahora puedo decir que tengo la cabeza fuera, aunque a veces me da miedo que algo me tire del pie y me vuelva a sumergir.
Pero al menos vuelvo a vivir, a encontrarle un sentido a la vida y a luchar día a día por hacer mis días en este planeta mejores.
Me he ido de la City. La ciudad me traía demasiados malos recuerdos, demasiada gente que me ha hecho daño y la soledad me estaba royendo por dentro como un cáncer. Era imprescindible irme de ahí si quería curarme, así que me pedí una excedencia, hice mis maletas y volví a casa. La excedencia es un consuelo ridículo porque sé que no quiero y no pienso volver.
La misma ciudad de la que escapé hace unos años porque me asfixiaba se ha convertido hoy en mi refugio seguro, me hace sentir bien ver caras conocidas, salir a la calle y conocer a las personas, que me saluden en el supermercado, etc…en general sentir que no soy una persona anónima más e irrelevante para el resto de seres humanos que me cruzo por la calle. Aquí me siento protegida, reconocida y querida.

Hay capítulos de los que me cuesta aún hablar, pero con otros me apetece desahogarme. Trataré de continuar lo que dejé a medias hace un año, sobre David, el chico por el cual me volví loca, pero que nunca me quiso lo más mínimo.
Como decía en el post anterior, cuando me cansé de los juegos de David, le planté cara, le dije que él a mí me gustaba y que necesitaba que me dijera a donde nos estaba llevando esta situación. Su respuesta fue clara:
-Me pareces una tía de puta madre, pero yo ahora mismo acabo de salir de una relación y no me apetece meterme en otra.

Asentí, le dije que sí, que lo entendía, y no dije nada más. Si siguiera mis propios consejos sobre el asunto, lo más sensato habría sido huir y tratar de olvidarme de él, ya que estaba más que claro que él no sentía nada por mí ni quería nada serio, pero fue algo más fuerte que yo misma. Por más que me autorepitiera “no le gustas, no le gustas”, no conseguía sacármelo de la cabeza y seguía quedando con él. Era como si estuviera enganchada a una droga que deseaba a cada rato aunque sabía perfectamente que me haría daño.

Estuve a punto de desengancharme en una ocasión en que él se portó fatal conmigo. Habíamos quedado para ir al cine, en plan “amigos”. Fui al cine quince minutos antes de que comenzara la película. Le escribí preguntándole si quería que pillase yo las entradas mientras llegaba él. Ninguna respuesta. Le llamaba y tenía el móvil apagado. Pasó la hora de comienzo de la película y él seguía sin aparecer ni dar señales de vida. Me fui a casa, lloré de la humillación como una hora seguida, y como dos horas después recibí un Whatsapp suyo diciéndome que lo sentía, que “se había liado” por ahí con unos colegas y se había quedado sin batería y no me había podido avisar antes. No le contesté, me limité a bloquear su número y borrarlo de mi agenda, y lo mismo en Facebook. Tenía que borrar a esa persona de mi vida.

Pasé como cuatro meses sin saber de él. Hasta me cambié el horario del gimnasio para no cruzármelo (él jamás iba por las mañanas), pero seguía teniéndolo en mi cabeza, como una enfermedad. Pensé que se me pasaría, pero cuatro meses después nos encontramos por casualidad cuando yo salía de clase de spinning a las 8 de la mañana. Me puse nerviosa e intenté hacer como que no le había visto, pero él fue más rápido y se me acercó a hablar, así que no pude esquivarlo. Se puso a hablar conmigo como si nos hubiéramos visto el día anterior.
-Ya quedaremos un día de estos, ¿no?- me dijo, y me limité a asentir con cada de “ya…”.
Esa misma noche trató de escribirme a través de Facebook y solo entonces se dio cuenta de que le había borrado, así que me escribió un mensaje preguntándome, “extrañado” porque tampoco me entraban los Whatsapp que me enviaba.

-¿En serio te preguntas por qué lo hice?- le pregunté.
-No tengo ni idea, en serio- me contestó- ¿Te he hecho algo?
- ¿Es que no recuerdas la última vez que hablamos? - le contesté sin poderme creer que me estuviese tomando por tonta.
-No me acuerdo…
-¿Que no te acuerdas?
-No…
-Pues déjame refrescarte la memoria. La última vez que hablamos fue el día que habíamos quedado para ir al cine y me dejaste tirada, ¿te acuerdas ahora?
-Ah…¿fue eso?
-Sí
-Joder, ¿y por eso me borraste? No lo hice aposta…
-A lo mejor no. O a lo mejor sencillamente te la sudaba.
-Que no, hombre, que no te lo tomes así. Me quedé sin batería y solo te pude responder cuando llegué a casa, no fue a propósito.
-Pues ni puta gracia me hizo a mí.
-Joder tía, lo siento, no sabía que te fuera a sentar tan mal. Perdona, de verdad.


Y ahí dejé la conversación porque estaba comenzando a ablandarme y no quería volver a caer.

(CONTINUARÁ)