jueves, 7 de marzo de 2013

Piso nuevo, viejo infierno

En todo este tiempo que me he pasado sin actualizar el blog desde mi mudanza a la City me han pasado muchas cosas. Una de ellas es que me por fin me cambié de piso. Encontré uno que me quedaba más cerca del trabajo, y al mes de mudarme ya estaba arrepentida.

La chica que alquilaba el piso no me dio demasiada buena espina cuando fui a verlo, pero pensé que eran prejuicios míos porque la tía era más fea que unos dolores de parto y era un poco rara. Apenas entré a vivir ahí comenzó el acoso, la tía por lo visto no tenía amigos, así que durante los primeros días se dedicó a acosarme para que fuera con ella al super, para ir a dar una vuelta, para ver una peli juntas, me invitaba a ir de fiesta con sus amigos (que no me gustaban un pelo), etc. Yo siempre le decía que no, primero porque no la conocía de nada y no me apetecía ir con ella a ningún lado, y segundo porque ella no me gustaba un pelo y prefería tenerla lo más lejos posible, así que empecé a evitarla y a pasar de ella bastante, en el sentido de que le decía hola, le preguntaba qué tal y poco más.

Entonces, cuando se dio cuenta de que conmigo no tenía nada que hacer, cambió radicalmente de actitud y empezó a hacerme la vida imposible. Intentaba meter cizaña entre el otro chico que vivía en el piso (del que ella estoy segura que estaba enamorada), dejaba cosas sucias por ahí y se saltaba sus turnos de limpieza, sabiendo lo mal que llevaba yo el desorden y la suciedad, buscaba discusiones donde no las había... Eso y que además estaba celosa de mí, porque yo no me privaba y comía de todo, y según ella estaba delgada, mientras que ella, se mataba a hacer dieta y no lograba adelgazar. Lo más patético es que este detalle era uno de los que más le jodían; al principio de mudarme al piso, cuando aún trataba de hacerse amiga mía por todos los medios, me sentía vigilada cada vez que comía algo, porque siempre tenía que hacerme algún comentario sobre las calorías que tenía lo que fuera que me estuviera comiendo, terminando por una queja sobre lo injusta que era la vida, que yo comiera todo tipo de guarrerías y no engordara, y ella comiendo ensaladas sí. Al final opté por comer siempre en mi habitación, lejos de ella. Esta chica no era feliz, estaba muy acomplejada y no tenía amigos. A mí me daba una mezcla de lástima y asco. Lástima porque considero que es muy triste no tener amigos en esta vida, y asco porque si no tenía amigos era por su propia culpa, por su forma de ser.

A los dos meses de estar ahí, viendo el percal, empecé a buscar otro piso, pero la situación se hacía cada vez más insostenible. A los 4 meses se lió gordísima y comenzó el apocalipsis: un día le tuve que llamar la atención porque desconectó el cable del teléfono, aún a sabiendas de que mis padres me llamaban todos los días (este tipo de cosas las hacía aposta y para joder), y entonces se lanzó a por mí como una leona, con su metro cincuenta de estatura de patetismo y miseria. Si no hubiera estado nuestro compañero de piso para separarnos habríamos llegado a las manos y yo en este momento estaría escribiendo este post desde la cárcel, porque os juro que la habría destrozado entera, nada me habría gustado más que desfigurarle esa cara de troll amargado que tenía y liarme a patadas con ella hasta dejarla hecha un trapo.
¿Os choca la agresividad con la que estoy describiendo la situación? Pues sólo para que os hagáis una idea del asco y del odio que despertaba esta persona en mí.

Ese mismo día cogí mis cosas (parte de ellas) y me fui a dormir a casa de unos amigos, que me dieron alojamiento durante el tiempo que tardara en encontrar otro piso. La tía me exigía que le pagara el mes corriente (estábamos a principio de mes) a pesar de que tenía el mes de fianza que le pagué al entrar en el piso, y le dije que ni hablar, que se apañara con el mes de fianza que bastante suerte tenía de que se lo dejara para que se lo metiera por el culo si quisiera (palabras textuales).
Pues por eso, el día que fui a recoger el resto de mis cosas me encontré con que la hija de Satanás había cambiado la cerradura y ya no podía entrar. Intenté recurrir a nuestro compañero de piso en común para que por lo menos me permitiera entrar a por mis cosas cuando la otra zorra no estuviera, pero el tío cobarde me dijo que él pasaba de líos y que lo sentía mucho pero no podía ayudarme. Me sentí tan desolada, tan desesperada y tan furiosa que entre mis amigos y yo llamamos a la policía.

Vino un poli del barrio, bastante comprensivo, por cierto, y se ofreció a ayudarme sin tener que recurrrir a la fuerza o a medidas mayores. Llamó a la puerta y habló con la desgraciada para hacerla entrar en razón. Esta en cuanto vio a un policía en el umbral de la puerta, se quedó blanca y empezó a lloriquear y a mentir diciendo que no era cierto, que si yo había llamado a la puerta no me habría escuchado, porque ella habría abierto la puerta, que no quería problemas, bla bla bla. Luego intentó girar la tortilla, diciendo que yo le debía dinero, ante lo cual le solté: saca pruebas de que te debo dinero yo a ti y no al contrario, y si no las tienes te callas la boca. Mientras el policía intentaba tranquilizarla, mis amigos y yo sacábamos las cosas de mi habitación a toda prisa para acabar cuanto antes. En dos viajes logramos sacarlo todo, y cuando ya me iba, llamé a la tiparraca esta y en presencia del poli le di las llaves del piso (aunque ya no servían porque había cambiado la cerradura) y le obligué a firmar un papel conforme yo le entregaba las llaves y entre ella y yo ya no había ninguna obligación pendiente. Se quiso negar, pero cuando vio que no me bajaba del burro, lo hizo a regañadientes y empezó a murmurar que esperaba que no volviera a aparecer nunca más por ahí y a montar una escenita, que hasta los vecinos se asomaron para ver qué pasaba en el rellano.

Fue una experiencia horrible, más de lo que pueden expresar estas líneas. Fue tanta la tensión emocional acumulada, el estrés, las ganas de estrangular a esa malnacida hasta hacerle escupir sangre, el miedo de saber que mis cosas estaban a merced de esa desequilibrada, la sensación de desamparo de saber que no tienes un lugar dónde vivir, que estás acampada en casa de unos amigos causándoles molestias aunque ellos te perjuren que no y que te puedes quedar todo el tiempo, el agobio de tener que salir del trabajo e ir corriendo a ver pisos para encontrar una habitación decente lo antes posible...Me pasó factura, me pasé unos días muy deprimida, en que apenas dormía ni comía, tomando valeriana y tila y planteándome incluso ir al médico para que me recetaran algo porque vivía angustiada. Pero traté de ser fuerte y al final todo se arregló.

Como cosa de una semana después del altercado, encontré una habitación en un piso compartido con dos hermanas gemelas, que no se parecían en nada, y una de las cuales apenas pisaba la casa porque trabajaba de azafata. La otra gemela estudiaba y trabajaba y era una chica muy simpática y amable, así que me quedé la habitación. El día que por fin me mudé y tuve todas mis cosas colocadas en mi nueva habitación, lloré de alivio, pero también pude dormir del tirón por primera vez en mucho tiempo.

Como podéis ver, he tenido una suerte horrible en esto de compartir piso en la City, mis dos primeras experiencias han sido horribles. Ahora estoy contenta, llevo ya seis meses en este piso y por fin me siento a gusto en un sitio, a pesar de la faena de tener que compartir piso (aunque mis compañeras actuales al menos no me dan problemas). Ojalá pudiera permitirme un apartamento o un estudio para mí sola, pero con el sueldo que gano me es materialmente imposible. Del tema trabajo y de cómo me va en este nuevo piso, os hablaré otro día.